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December 10, 2005

la noche del jueves

la noche del jueves fue una de esas noches. hubo alcohol, por supuesto, pero no es de eso que hablo. hubo excelente comida, gran diversión, buena literatura. hubo casi hasta lágrimas. este es el último semestre que gerald martin va a enseñar, pues el hombre ha decidido retirarse, de modo que sus alumnos acordamos rendirle un homenaje, darle las gracias, y despedirlo como dios manda.

pusimos una cuota, organizamos comisiones para la comida y el trago y el regalo, y finalmente nos reunimos el jueves por la noche en casa de jungwon y gerardo en medio de una nevada que hizo que pittsburgh pareciera el mundo helado de hoth (para los ignaros, el planeta donde comienza el quinto episodio de la mayor saga de todos los tiempos). todo estuvo magnífico, con catering de india garden, con abundante cerveza y vino y tequila y ron y whisky, con un espléndido ambiente de gran camaradería. fuimos casi todos los estudiantes del departamento, porque no hay nadie que no quiera a gerald, quien es como ya he dicho más de una vez una auténtica eminencia en nuestro campo pero más allá de eso es una persona maravillosa... lo cual es más difícil porque no consiste sólo en leer. todo un british gentleman el hombre, dueño de un sentido del humor excepcional, y gran conocedor y amante de la cultura latinoamericana. yo pasé un buen rato conversando con él de gabo, manzanero, blades, de la cuadra y jota jota.

le regalamos una botella de whisky glenlivet de dieciocho años, un reloj con una placa dedicatoria, y un librito lleno con nuestras palabras y nuestros buenos deseos. gerardo escribió, además, un cuento construido con mil y una referencias tanto al propio gerald como a nosotros y a los libros que hemos trabajado con él (lizardo y yo como hombres de maíz, jungwon como rocamadour, nacho como melquíades, etcétera). a la lectura de esta obra magistral corresponden las dos primeras fotos de este post que me está saliendo tan sentimentaloide pese a mi habitual actitud de macho insensible. abajo, en cambio, tienen la imagen de la mayor parte de la concurrencia (algunos se habían ido ya). de pie y de izquierda a derecha: beatriz, alejandro, verónica, citlali, fabio, luz elena, gerardo, gerald, stuart, lizardo, becky, nacho, juan, el monje y alejandra. sentados y en el mismo orden: juan antonio, aarti, el gran jungwon con maricarmen delante, debbie, pilar, un servidor de ustedes, lucía y john. rubén no sale porque fue quien tomó la foto. todo duró como hasta las cinco de la mañana y, sin duda, valió la pena. aun si ahora uno está más atrasado que nunca con los benditos malditos papers.

4 comments:

pasajero77 said...

qué buena fiesta! creo que me hubiera gustado estar ahí...

por lo demás, aquí te paso un texto bastante largo sobre los restaurantes ecuatorianos que me mandó holsten, y que hubiera estado mucho mejor en el post de los flashbacks pero todavía, según yo, tiene su importancia...

ahí va, un abrazo.

"La otra boca del suburbano tiene a diez metros el Descanso Latino. Las mesas de este bar, salpicado de banderas de Ecuador y otros recuerdos de Guayaquil, están plenas de botellas vacías de cerveza. Por ahora, el mayor problema de estos inmigrantes es la embriaguez. “Bebemos para olvidar, para imaginar que estamos en nuestro hogar”, cuenta un comensal. “¡Dos más!”, pide.

Hay restaurantes de comida ecuatoriana que han limitado el expendio a tres cervezas por persona. Uno de ellos es el Rincón de Manabí, en Can Vidalet. Se respira Ecuador. La mayoría de los que acuden aquí ahorran durante una semana para poder comer un encebollado, un arroz con camarones o una guatita. Beber una Pilsener, su cerveza nacional. O refrescarse con una gaseosa Tropical. Por dentro es un restaurante típico, un viaje a miles de kilómetros; sólo que más caro. Marcelo Vera es el dueño. Utiliza una camiseta polo y tiene dos cadenas de oro en el cuello. Oro en las manos. Abre todos los días a las nueve de la mañana. A mediodía está completamente lleno. A las dos de la tarde se reparten boletos para poder entrar. Nunca se ha anunciado en las páginas amarillas. “Ni lo haré, porque sus vendedores nunca han venido, sólo me anuncio en medios ecuatorianos”, argumenta sin parar de trabajar. Su competencia directa son otros treinta restaurantes y bares de sus compatriotas que hay en la zona. El negocio es tan próspero que hay paquistaníes que ponen la bandera de Ecuador en la puerta para intentar conseguir más clientes, sin éxito. Mientras en el local de Mauricio la gente apela a todo – incluso a sobornos – por entrar, los locales paquistaníes no pasan del par de clientes. Quizás el mayor problema no sea la comida. En algunos casos es exactamente igual, pues han contratado cocineras ecuatorianas con muy buena sazón. Es una cuestión de hermandad.

La otra boca del suburbano tiene a diez metros el Descanso Latino. Las mesas de este bar, salpicado de banderas de Ecuador y otros recuerdos de Guayaquil, están plenas de botellas vacías de cerveza. Por ahora, el mayor problema de estos inmigrantes es la embriaguez. “Bebemos para olvidar, para imaginar que estamos en nuestro hogar”, cuenta un comensal. “¡Dos más!”, pide.

Hay restaurantes de comida ecuatoriana que han limitado el expendio a tres cervezas por persona. Uno de ellos es el Rincón de Manabí, en Can Vidalet. Se respira Ecuador. La mayoría de los que acuden aquí ahorran durante una semana para poder comer un encebollado, un arroz con camarones o una guatita. Beber una Pilsener, su cerveza nacional. O refrescarse con una gaseosa Tropical. Por dentro es un restaurante típico, un viaje a miles de kilómetros; sólo que más caro. Marcelo Vera es el dueño. Utiliza una camiseta polo y tiene dos cadenas de oro en el cuello. Oro en las manos. Abre todos los días a las nueve de la mañana. A mediodía está completamente lleno. A las dos de la tarde se reparten boletos para poder entrar. Nunca se ha anunciado en las páginas amarillas. “Ni lo haré, porque sus vendedores nunca han venido, sólo me anuncio en medios ecuatorianos”, argumenta sin parar de trabajar. Su competencia directa son otros treinta restaurantes y bares de sus compatriotas que hay en la zona. El negocio es tan próspero que hay paquistaníes que ponen la bandera de Ecuador en la puerta para intentar conseguir más clientes, sin éxito. Mientras en el local de Mauricio la gente apela a todo – incluso a sobornos – por entrar, los locales paquistaníes no pasan del par de clientes. Quizás el mayor problema no sea la comida. En algunos casos es exactamente igual, pues han contratado cocineras ecuatorianas con muy buena sazón. Es una cuestión de hermandad."

pasajero77 said...

oops, i did it again... se me fue dos veces, sorry... en fin, un abrazo.

rafael ponce-cordero, a.k.a. bocha, a.k.a. guayako said...

veo que después de tanto citar consciente o inconscientemente a sabina te has pasado a la alta cultura. un abrazo y saludos al troyen.

(añadido tramposo varias horas más tarde: ya me di cuenta de que no fue el troyen sino holsten quien te envió el artículo. pues bueno, saludos para él también.)

Anonymous said...

Estamos nostálgicos, por lo visto. le le le

rpctv



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